El duelo nunca termina, pero se puede vivir en paz

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Me han preguntado muchas veces cómo se supera el duelo; cómo se vive cuando pierdes un hijo, cómo hago para vivir después del feminicidio de Ana María. No soy experta en duelo, apenas llevo poco más de dos años y medio viviéndolo, pensándolo, tropezándome y aprendiendo de él, pero viendo en retrospectiva, he encontrado algunas cosas que creo que funcionan y que quiero compartirlas porque a todos, tarde o temprano, nos va a tocar vivir uno.

Lo primero que aprendí es que el duelo nunca termina pero que existe un paraguas que puede cubrirlo: la paz. El dolor de perder a una persona – sobre todo si es tu hija – no desaparece, pero si puedes vivir en paz. Y esa paz no llega el día en que muere, cualquiera que lo prometiera estaría mintiendo, pero se construye a través de pequeñas cosas:

La primera, que fue, es y estoy segura que seguirá siendo, es la gente. Desde quien nos ayudó con los papeles para poder hacer el velorio y el funeral, pasando por quien hizo la imagen de invitación, los que pagaron las misas, hasta quien nos ofreció su departamento para no tener que seguir viviendo en un hotel.

Quien le llevó la ropa a mi esposo para que tuviera que ponerse el día del funeral y de todos aquellos que, aunque tuvieran lágrimas en los ojos cuando nos veían, nos sacaban de la casa aunque no quisiéramos y nos escuchaban hablar de Ana María, sin apurarnos, porque entendían que era lo que necesitábamos. Todos ellos han sido el mayor sustento que hemos encontrado y estoy segura que nadie sale de un duelo sin ayuda de los demás.

La segunda fue entender que no me podía quedar con la culpa. Creo que la culpa es de las cosas que matan a las personas: mata la salud, la tranquilidad y los matrimonios cuando muere un hijo. Recuerdo una noche llorando frente a mi esposo, preguntándole por qué nos fuimos, por qué la dejamos, por qué no nos dimos cuenta de nada y él me contestó algo que me quedó grabado y es que quién la mató, ese era el culpable; no él, no yo, y que eso nos tenía que quedar muy claro.

Aquí hay algo importante y es que quitarse la culpa no es quitarse la responsabilidad —por eso hago lo que hago desde la Fundación Naná — pero la culpa no se puede quedar. Soltarla, es lo que más paz da.

La tercera fue aprender a escuchar lo que otros me decían y quedarme con lo que sumaba valor real, con lo que podía poner en práctica en el corto plazo. Por ejemplo, el director de la carrera de Ana María me dijo, en pleno velorio, con el ataúd todavía frente a nosotros, que en casos así hay que buscar el para qué y no el por qué.

Un amigo que había perdido a su hijo años antes me dijo que cuando muere alguien tan joven, eres tú quien termina consolando a los demás y por eso escribí mi primera carta a los amigos, para que no cargaran con culpas que no eran suyas y para que, en cambio, construyeran una vida hermosa a partir de lo que Ana María les había dejado y enseñado. Otro conocido, que hacía años que no veía me recordó que tenía que seguir viviendo por mi otra hija.

Y una doctora me dijo algo que también me acompaña cuando le pregunté cuando terminaba el dolor de perder a un hijo y me contestó que no termina, pero que es como cuando dejas a tu hijo en el kínder, sabes que está ahí, sabes que está bien.

La cuarta fue abrirme a algo que muchas veces dudamos: que la vida no se acaba cuando dejamos de ver a la persona. Desde el día en que murió, Ana María nos ha dejado señales. Un perro que apareció literalmente en el funeral, acompañándonos. Después nos devolvió el perro que había sido suyo. Nos manda pájaros, nos manda plumas y hasta mensajes con otras personas desconocidas para que lleguen a nosotros.

No la puedo ver, no la puedo abrazar, no la puedo besar, pero sé que siempre está con nosotros, y eso cambia la perspectiva, porque una de las cosas que más duele cuando alguien se va es sentirte solo, y yo, ya no me siento así.

Lo último fue buscar un propósito. No todo lo terrible necesita un entendimiento, a veces las cosas pasan simplemente por descuido, como por no fijarse al cruzar la calle, pero hay pérdidas en las que sí se puede pensar en un para qué y construir algo distinto.

El propósito no tiene que ser una fundación, como fue en mi caso. Puede ser algo tan sencillo como compartir con otra persona en duelo lo que aprendiste, puede ser enojarse menos porque sabes que la vida es corta y efímera. Puede ser adoptar un perro o un gato que te va a necesitar, participar como voluntario en una causa, o simplemente escuchar a alguien con atención.

Esas cosas pequeñas hacen una diferencia enorme en tu vida y en la de las demás, y se va a notar hasta en la cara; a mi me han dicho que se ve la paz en mi rostro.

A todos nos va a tocar una pérdida —de un padre, de un trabajo, de una casa, de una amistad— y todas esas, son formas de duelo. Ojalá lo que encontremos, al final, sea lo que dice la religión: “que la paz sea contigo”.

Más allá de que le creas o le reces a Dios, la fe mueve montañas, y esa fe, que me mueve todos los días, que me mantiene viva y me levanta cada mañana, es la posibilidad de seguir buscando esa paz conmigo misma, con el universo, con Dios, con Ana María y con los demás; porque me he dado cuenta de que la única manera de trascender es siendo mejor persona.

Y creo que lo soy. Soy mejor persona, desde que murió A

@XimenaCespedesA
Presidenta Fundación Naná


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